miércoles, 28 de agosto de 2019 |Hora: : :

Ciencia


Homenaje al Doctor Eduardo Charreau

Fecha Publicación: 28/08/2019  10:00 

El ex presidente del CONICET entre los años 2002 y 2008 e Investigador Superior Emérito, fue recordado en un acto realizado en la Academia Nacional de Ciencias, a pocos meses de su fallecimiento, en marzo pasado
 
 
Discípulo de Houssay; profesor en la Universidad de Harvard y autor de unas 200 publicaciones internacionales y condecorado por los gobiernos de Francia y Brasil, el Dr. Eduardo Charreau “fue un gran presidente que será recordado por las generaciones venideras”, aseguró el  Dr. Carlos W. Rapela, ex miembro del Directorio del Consejo entre 2004 y 2008.
 
A continuación, parte de las palabras del  Dr. Rapela, orador principal en el acto de homenaje al Dr. Charreau, realizado el pasado día 12:
 
“Una gran mayoría de las personas que están hoy en este homenaje a Eduardo Charreau, colegas de la Academia, científicos, y sus familiares, lo conocieron a Eduardo mucho antes que yo. Algunos de los académicos en nuestra sección, en la  que estaba Eduardo, se conocen de la época en que estudiaban en Exactas de la UBA.
 
Aunque no lo conociera desde hace tantos años, lo llegué a apreciar extraordinariamente por su comportamiento humano y ético, que eran inherentes a su persona, no solo por sus méritos científicos que lo destacaron. Años después,  su ejemplo influenció  en mi gestión como Director del Centro Científico CONICET La Plata. A veces, ante un problema complejo, me preguntaba `¿Qué hubiera hecho Charreau en este caso?`
 
(Charreau)  Fue una persona entrañable para mí, y su ausencia inesperada me provoca una gran tristeza.  Nunca nos dejamos de ver por mucho tiempo, porque al terminar la Presidencia en el CONICET en 2008, yo ingresé a la Academia en el mismo año, lo que nos permitió seguir siempre en contacto. En la Sección, a nadie le gusta sentarse en la que considerábamos su silla, y para mí siempre está faltando alguien.
 
La elección como miembro del Directorio fue a mediados del 2003, pero recién fui nombrado en Diciembre de 2003; y la primera reunión de Directorio fue el  4 de enero de 2004. Allí comenzó mi labor en ese cuerpo y mi trato más cercano con Eduardo.
 
Perdón que me detenga tanto tiempo en esto, pero lo hago para resaltar los méritos de Eduardo Charreau. Una persona puede ser un sobresaliente investigador pero un muy mal gestor en ciencia. El éxito en su labor de gestión, cimentada en sus reconocidos méritos científicos, ¡se basó en su capacidad de liderazgo y sus cualidades políticas y humanas combinadas. ¡Y eso unido a una voluntad de servicio y energía sin descanso para el trabajo!
 
Debo describir algo muy importante aquí, que es la metodología de trabajo del Directorio presidido por Eduardo Charreau. En cuatro años y medio se tomaron centenares de decisiones, y todas ellas fueron por unanimidad, menos una sola que fue por votación. Y esta única votación, fue por diferencias de opinión sobre la promoción de un investigador, no por un tema de estrategia política del CONICET. La pregunta es: ¿Porque existió esa unanimidad de criterio, siendo que en ese Directorio había una mayoría de personas con perfil alto, que no se quedaban callados y que exponían sus ideas sin inhibiciones?
 
Cuando el problema a tratar era importante y complejo, las discusiones eran vehementes  y muy largas, durante las cuales Eduardo escuchaba atentamente,  pero hablaba poco. Al final, ya cansados, sin haber llegado a un acuerdo, él tomaba la palabra. Resumía rápidamente la situación, diciendo por ejemplo que la variante A era inconveniente por tal y tal razón, la variante B también era inconveniente porque podía tener problemas con el Estatuto,  en tanto que la variante C era la que tenía mejores perspectivas, aunque había que consultar con Legales algunos puntos. Resultado: el Directorio votaba por unanimidad la variante C, porque entendíamos que  era la más plausible y lógica. Y no lo era porque nos fuera impuesto por el Presidente, que no lo había sido.
 
Estas cualidades de Eduardo, que aunaron una gran inteligencia, capacidad de  liderazgo, tino político y convicciones éticas y democráticas profundas, hicieron de él un gran Presidente, que será recordado en generaciones venideras.
 
Las virtudes de Eduardo afectaron positivamente no sólo al Directorio sino a toda la administración del CONICET. La institución vio multiplicada su acción en la mayoría de sus objetivos en un período corto de tiempo, que determinó una intensificación extrema de la labor de todas las gerencias, que requirieron además la informatización total del CONICET. La colaboración armónica y efectiva de los gerentes fue un factor importante de los  cambios efectuados en ese período, trabajo muy complejo por el cual debo nombrar a Jorge Tezón, Jorge Fígari, Cynthia Jeppesen y Alberto Arleo.
 
Como dato anecdótico también hubo episodios gratos. Como cuando a Eduardo lo nombran Miembro de la Academia Nacional de Medicina, con un Auditorio colmado de gente, al que yo asistí con mi esposa. Se dieron los discursos de rigor, y la ceremonia finalizó con palabras de Eduardo, en las cuales recordó y agradeció a todas las instituciones y personas que lo habían ayudado y habían tenido una importancia significativa en su vida. El párrafo final lo dedicó a quien dijo,  había sido el crítico más severo e inapelable  que había tenido en su vida, que le recordaba siempre sus errores, que era…su esposa. Muchas risas en la Audiencia. Eduardo dijo agradecer en alto grado esas críticas, porque él sabía que nacían del afecto y de la inteligencia, y que lo habían ayudado en muchos aspectos de su vida. A mi lado, mi esposa sonreía abiertamente, porque se sentía identificada con Ana Rosa. Es que ella también es mi crítica más exigente”.
 
Durante el homenaje al Dr. Charreau, también fueron leídas palabras alusivas del Dr. Mario Lattuada, ex integrante del Directorio del CONICET, entre los años 2002 y 2008:
 
“Lo de Eduardo ha sido una pérdida muy dura para todos los que lo conocimos. En mi caso lo siento como la pérdida de un padre y maestro, y no dejo de pensar con tristeza todos los días, en algún momento, en el vacío que ha dejado su ausencia. En ocho años de compartir todos los días muchas horas diarias en el CONICET y la continuidad posterior de su amistad, sin duda hay numerosas anécdotas en lo laboral y personal, pero más allá de la descripción del hecho en sí mismo, creo importante destacar la persona  que uno, al menos yo, descubría como ser humano excepcional en sus valores, sentimientos, lealtad, y comprensión del otro. Esto  acompañaba la primera imagen,  que se presentaba de destacado y  muy respetado científico y la autoridad que emanaba de su sola presencia.
 
Lo que menciono probablemente no fuese una novedad para muchos que conocían a Eduardo por su trayectoria previa, pero no era mi caso, un investigador independiente de ciencias sociales, del interior del país, que no pertenecía a ningún instituto de CONICET,  y sin experiencia en la gestión institucional más allá de un año de participar en las hasta ese momento anárquicas reuniones del Directorio.
 
Tengo muy presente la imagen del día que lo conocí en el despacho de CONICET en la que me recibió con una amplia y cálida sonrisa, así como de la sorpresa de pocos meses después,  en la que me ofreció acompañarlo como Vice-Presidente de Asuntos Tecnológicos, en un directorio poblado de personalidades y personajes fuertes. Sin duda tomaba decisiones arriesgadas, pero las acompañaba con un apoyo y sostén constante. En ninguna otra experiencia de gestión he sentido tanta seguridad y respaldo como bajo la presidencia de Eduardo, y la sensación de saber que estábamos en un mismo equipo y un mismo proyecto. Y esto, creo, lo trasmitió a cada nuevo directorio que se conformaba, independientemente de los integrantes que se renovaran.
 
Un líder natural, donde la mística se creaba en su forma de ser y hacer todos los días, y en su promoción y respeto por las iniciativas de los otros, y no en discursos grandilocuentes. Quizás haya un aspecto menos conocido de la historia de Eduardo que mis vivencias pueden recordar, cierta picardía de chico de barrio que sólo en la intimidad florecía, sus recuerdos de las comidas en la isla,  que su padre hacía con sus amigos, y la pasión por la cocina en la que su maestría era incomparable,  pero que era motivo del cambio de recetas y secretos de cocineros de fines de semana,  cuando los lunes nos volvíamos a reunir para iniciar la jornada laboral. Y el estar presente, activamente presente, en los momentos difíciles de la vida familia”.




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