jueves, 04 de junio de 2020 |Hora: : :

Opinión


La pandemia, el día después y otra manera de entender el mundo

Fecha Publicación: 04/06/2020  09:30 

Artículo de opinión de Adrián Giacchino, presidente de la Fundación Azara y vicepresidente de la Universidad Maimónides
 
 
Por: Adrián Giacchino (*) 
 
Tras la pandemia de COVID-19 necesitaríamos una nueva pandemia: la de la solidaridad global. Este coronavirus SARS-CoV-2 debería “mutar”, como dice el filósofo y sociólogo eslovaco Slavoj Žižek (incluido en 2012 por Foreign Policy en su lista de los cien pensadores globales): “en el virus de una sociedad alternativa, de una sociedad más allá del estado-nación, una sociedad que se actualice a sí misma en las formas de solidaridad y cooperación global”.
 
Es una paradoja del destino que lo que nos está uniendo a todos (la pandemia) y que nos debiera impulsar a la solidaridad global esté dado por cuarentenas obligatorias en varios países con el fin de generar un distanciamiento social en la vida cotidiana. Pero la vida a veces tiene esas contradicciones. El coronavirus podría haber sido el mejor aliado de cualquier régimen totalitario o dictatorial, para mantener a ciudadanos en aislamiento recibiendo órdenes. Sin embargo, esta vez no es para la desgracia de la sociedad sino por el bien de la misma.
 
Este coronavirus ataca al sistema respiratorio pero también al capitalismo global, al mercado que parece haber olvidado que la economía debe ser un medio para elevar el bienestar de las personas –cualquiera sea su edad, condición sexual, nacionalidad o creencia religiosa– y no un fin en sí mismo, perdiendo toda razón de ser.
 
Nos deberíamos replantear nuestro modelo de desarrollo, la necesidad de repensar nuestros sistemas sociales (políticos, económicos, administrativos, etc.) en función de lo que en el camino hemos olvidado: el bienestar humano, donde la lista de prioridades debe arrancar por cuidar la vida y eso conlleva inexorablemente la necesidad de poder vivir en un planeta sano.
 
Cuando la pandemia pase, porque pasará, debemos recordar que como humanidad seguimos teniendo grandes desafíos y que necesitaremos estar a la altura de las circunstancias, eligiendo a su vez a los líderes mundiales que también lo estén. Debemos recordar que muchas cosas necesitamos cambiar, que el mundo no está nada bien. Que el 80% de las riquezas subterráneas del planeta son aprovechadas tan sólo por el 20% de la población mundial; que la mitad de la riqueza está concentrada obscenamente en el 2% de los más ricos; que la mitad más pobre de la población del planeta tiene apenas el 1% de los bienes mundiales; que la mitad de las personas bajo la línea de pobreza vive en países ricos en “recursos” naturales; que una de cada cuatro personas vive como hace 6.000 años; que no menos de mil millones de personas padecen hambre; que la fortuna de las dos personas más ricas del mundo supera el producto bruto interno (PBI) combinado de los 45 países más pobres; que el mundo venía invirtiendo 12 veces más en gastos militares que en ayuda para el desarrollo; y que en los últimos 60 años modificamos el planeta más rápido que en todo el tiempo anterior de nuestra existencia.
 
En 60 años la población se triplicó –actualmente somos unos siete mil setecientos millones de personas– y por semana más de un millón pasa a vivir en las ciudades. Para el año 2050 seremos nueve mil setecientos millones y concentradas casi totalmente en ciudades. Si no hacemos un cambio rápido como humanidad nuestros problemas sólo se agravarán.
 
Superando la ficción…
 
En este último tiempo es habitual escuchar comentarios relacionados a que la situación mundial que vivimos por la pandemia se asemeja “a una película de ciencia ficción”. Es que el mundo está superando a la ficción. Por el calentamiento global los hielos “eternos” dejaron de serlo, se están descongelando. Los glaciares se derriten o retroceden. Las capas de hielo del Polo Norte adelgazaron entre un 15 y un 40% en las últimas décadas. En pastizales, estepas, sabanas y bosques hay más incendios, de hecho hace tan sólo pocos meses pudimos vivenciar el infierno de Australia. También aumentan las lluvias y el impacto de las inundaciones. Se calcula que antes del 2050 habrá doscientos millones de refugiados climáticos.
 
 La creciente concentración de CO2 en la atmósfera está causando la acidificación de los océanos, perjudicando así a los organismos constructores de conchas y arrecifes. El 20% de los arrecifes de coral del mundo se han muerto.
 
 No menos de 50 países enfrentan problemas por la escasez de agua dulce. Unas mil millones de personas no tienen acceso al agua potable. Quinientos millones viven en zonas desérticas que utilizan aguas fósiles de 25.000 años que no se recuperan y se agotan. En 50 años en la India se abrieron veintiún millones de pozos pero 1/3 ya están secos. En el 2025, dos mil millones de personas van a estar muy afectadas por la falta de agua.
 
Unas trece millones de hectáreas de bosque desaparecen cada año y se estima que en total hemos perdido tres mil millones de hectáreas. A Haití por ejemplo sólo le queda el 2% de sus bosques y Borneo podría perder los que le quedan. En 40 años el Amazonas perdió 1/5 de su superficie en gran parte para ganadería y plantaciones de soja. 3/4 de la biodiversidad total del planeta está en las selvas que se van perdiendo. La deforestación y los cambios en el uso de la tierra generan al año aproximadamente un 20% de las emisiones de CO2 que anteriormente retenían los bosques.
 
El 40% de las tierras cultivables están degradadas. La desertificación amenaza a la cuarta parte del planeta, afecta directamente a más de doscientos millones de personas y pone en peligro los medios de vida de más de mil millones de habitantes de más de 100 países al reducir la productividad de las tierras destinadas a la agricultura y la ganadería.
 
Hay al menos 31.000 especies amenazadas en el mundo. Desde 1970 las poblaciones de más de 1.600 especies de vertebrados en todas las regiones del mundo se han reducido en más de un tercio.
 
Desde 1950 hasta el presente la extracción de recursos del mar pasó de dieciocho a cien millones de toneladas por año. 1/5 de la población utiliza pescado como base de su dieta pero 3/4 de los recursos pesqueros están agotados, en decadencia o al borde de estarlo.
 
Un promedio de 5.000 personas mueren al día por agua insalubre. En los próximos veinte años la cantidad de agua disponible para todos disminuirá un 30%. En efecto, el 40% de la población mundial tiene insuficiente agua potable para la higiene básica. Cada 15 segundos un niño muere a causa de enfermedades relacionadas con el agua que pueden ser prevenidas.
 
Se estima que cuatro millones seiscientos mil personas mueren cada año por causas directamente relacionadas con la contaminación del aire.
 
Unas 30 de las llamadas “nuevas enfermedades” han surgido en los últimos 30 años y algunas antiguas enfermedades que habían estado bajo control están resurgiendo. La baja calidad del ambiente es responsable del 25% de todas las enfermedades prevenibles del mundo. La propia pandemia de COVID-19 es parte de la crisis ambiental en que vivimos.
 
La Tierra no puede soportar este ritmo desenfrenado. Se estima que la demanda de la humanidad sobre los recursos biológicos del planeta, excede ya su capacidad regeneradora en cerca del 30%. Si la demanda de recursos continúa a este ritmo para la década de 2030 se necesitarán dos planetas Tierra para mantener el estilo de vida promedio actual. Pero hay una pésima noticia: tenemos sólo uno.
 
 
Repensando la economía global
 
Es claro que hay que repensar la economía global, sobran las evidencias de que así no podemos continuar. Hay que generar otra escala de valores. El valor económico de las cosas es relativo y puede cambiar si la sociedad cambia su mirada e interpretación sobre las mismas. Hay muchos ejemplos de bienes que fueron apreciados en alguna época y en otra perdieron valor. Muchos bienes y servicios tienen valor relativo, lo tienen en un contexto histórico determinado y mientras el entramado social le reconozca valor por su necesidad, apreciación o simbología cultural. Tenemos que cambiar nuestra cultura del consumo. Tenemos que pasar a ser consumidores responsables con el planeta, con la vida, con nuestra propia vida. Necesitamos cambiar de rumbo para sobrevivir.
 
Muchos dirigentes relacionan producir más y más bienes con más trabajo y mayor prosperidad, es una mirada extremadamente cortoplacista. En un planeta de “recursos” limitados es como pensar que se puede inflar infinitamente un globo, pensar se puede pensar, pero al final el resultado será sólo uno: explotará. Hay que escapar de la trampa. Si somos una sociedad racional necesitamos ir explorando otros modelos de organización socio-económica, uno más cooperativista y más solidario. Tenemos que bajar el ritmo, revalorizar lo importante, reasignar valores a bienes y servicios. No llegamos siquiera a aprovechar la producción mundial que tenemos en materiales, medicamentos o alimentos, sin embargo hay pobreza, falta de acceso a la salud y hambre. El costo que hacemos pagar al planeta y a nosotros mismos resulta altísimo para la efímera vigencia temporal de muchos de los bienes que producimos. Es un derroche cada vez más inadmisible.
 
La sociedad del futuro inmediato deberá producir los bienes que realmente necesite, parece una utopía plantear eso en plena sociedad del consumo, pero sucederá que los “recursos” que ofrece el Planeta no son ilimitados. Será un hecho cada vez más elocuente –y ya está pasando– que debamos buscar en los basureros, los “recursos” que desde nuestros orígenes supimos hallar en la naturaleza. El cuidado del ambiente no es un mero deseo bien intencionado, no es una acción de filantropía, es una necesidad básica existencial para que la vida siga siendo posible. Hoy, con la pandemia de COVID-19, vemos como la problemática ambiental que no parecía ser “de nadie” terminó siendo “de todos” y “de cada uno” ¿o acaso quién no vio su vida diaria afectada?
 
Nos debiéramos preguntar si nos importa realmente “el mundo” que le dejamos a nuestros hijos, sobrinos o nietos. Decimos que sí pero actuamos como sino no. Cuando el agua potable, el oxígeno o contemplar una hectárea de bosque sean bienes escasos ¿se convertirán en lo más valioso? ¿Cuántos dólares, diamantes o lingotes de oro valdrán esos bienes? Nos podríamos animar a afirmar que no habrá cantidad suficiente que los pueda pagar. Simplemente a nadie le interesará tener diamantes u oro que no se comen ni se respiran. Cuando alguien plantea por lo general este tipo de cosas es tildado de ingenuo, de que no entiende cómo es la política o cómo son los negocios, o cómo se “mueve el mundo”. Pero la verdad que como lo entienden esas personas que creen “entender” no nos está yendo nada bien. Es que la sociedad está enferma, tiene muchos valores tristemente invertidos.
 
Liderando sin liderazgo
 
El presidente de los Estados Unidos Donald Trump intentó por todos los medios clasificar al coronavirus como un “problema chino”; el primer ministro inglés Boris Johnson pensó que los británicos podían solucionar la pandemia con darwinismo social y provocar una inmunidad colectiva; el presidente de Brasil Jair Bolsonaro consideró al COVID-19 como: “una pequeña gripe o resfriado”; el presidente de México Andrés Manuel López Obrador salió a promover los vínculos sociales: “si tienen posibilidad sigan llevando a sus familias a comer a los restaurantes”; el presidente de Zimbagüe Emmerson Mnangagwa afirmó: “el coronavirus es la obra de Dios para castigar a los países que nos han impuesto sanciones”; el presidente de Indonesia Joko Widodo dijo: “no le dimos cierta información al público porque no queríamos despertar el pánico”; el presidente de Turkmenistán Gurbanguly Berdimuhamedow por su parte prohibió directamente mencionar el coronavirus, como si el problema no existiese; y así las menciones continuarían… Bien podrían ser referencias a personajes de una tragicomedia pero lamentablemente no, son los líderes de nuestro presente y sus declaraciones en tiempos de la pandemia de COVID-19, una pandemia que a la fecha afectó a más de cinco millones de personas y se cobró ya la vida de más de trescientos treinta mil. El mundo atraviesa una enorme orfandad de liderazgo.
 
Entidades como la Organización Mundial de la Salud (OMS) deberían tener más protagonismo en este mundo que requiere de mayor coordinación de los esfuerzos y políticas de los estados para combatir algunos flagelos como la pobreza, las epidemias, el cambio climático o la extinción de especies. Tenemos el mundo más globalizado y conectado de toda nuestra historia, pero también uno muy desordenado y confundido que necesita en la mayoría de los casos de líderes mundiales con otro perfil, con un mayor poder de entendimiento, con una comprensión y mirada del mundo más humanitaria, con una altura ética y moral superior.
 
Estas semanas se ha desplegado en el mundo un enorme capital para palear los problemas sanitarios y las consecuencias socio-económicas que provoca la pandemia, prueba de que cuando hay voluntad se pueden hacer las cosas diferentes. Asistimos a como los responsables políticos de países desarrollados movilizan ingentes cantidades de dinero porque “la vida es lo primero”. Por fortuna lo están haciendo y ojalá sigan pensando de esa forma para afrontar la ayuda a refugiados, a los niños y niñas desprotegidos de las guerras, y en el caso de la Argentina a ese 35,5% de nuestros ciudadanos que están en la pobreza y a otro tanto que está al borde de engrosar ese doloroso número. Porque es verdad “la vida es lo primero” pero para todos, independientemente de sus creencias religiosas y políticas, edad, sexo, nacionalidad o situación socio-económica. Recordémoslo “la vida es lo primero”…
 
Cambiando para continuar
 
La pandemia nos debería hacer reflexionar del hecho de que tanto individual como colectivamente necesitamos de una catástrofe para pensar en aplicar el sentido común, para preguntarnos qué estamos haciendo de nuestras vidas y para focalizar en lo importante.
 
La catástrofe nuclear de Chernóbil en 1986, según el propio expresidente Mijaíl Gorbachov, fue un evento que aceleró el fin de la Unión Soviética (1991), el “principio del fin”. ¿La pandemia de CODIF-19 generará cambios en el orden mundial de esa envergadura? ¿lo hará en la vida cotidiana de muchos de nosotros, en la educación, el trabajo, la atención médica o las relaciones sociales? Cambios traerá, de eso ya hay pocas dudas. La pregunta ahora, cuya respuesta estará por venir, gira en torno a si traerá aparejados los cambios que la humanidad necesita para bien.
 
No nos dejemos de preguntar ¿por qué si somos seres racionales sólo parecemos comprender cuando nos lleva la realidad por delante? ¿Por qué nos resistimos a cambiar modelos inconducentes? ¿Dónde está la inteligencia en eso? ¿Por qué no prevenir en lugar de lamentar? Esta pandemia nos debería dejar enseñanzas para las catástrofes que se avecinan en el horizonte si no cambiamos globalmente nuestras acciones: incendios forestales sin control, olas de calor, inundaciones, escases de agua potable, otras consecuencias del cambio climático y probablemente otras pandemias, donde la próxima siempre tiene la posibilidad de ser más letal.
 
Todas las guerras de la historia fueron sucesos trágicos pero finalmente su origen y desenlace estuvo en nuestras manos. Con las catástrofes naturales (como las sanitarias o climáticas) no tenemos ninguna seguridad de poder manejar su desenlace, por eso debemos hacer todos nuestros mejores esfuerzos para intentar evitarlas siempre que sea posible.
 
Para finalizar no sería descabellado pensar que durante este siglo XXI estemos transitando un cambio de la Edad Contemporánea –que iniciaron acontecimientos como la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776) o la Revolución Francesa (1789-1799)– a otra que tenga como ejes centrales el desarrollo tecnológico aplicado a todos los campos, la problemática ambiental y un sistema de organización global con poder de decisión para algunos temas por sobre los estados. La pandemia de COVID-19 puede ser tal vez uno de los acontecimientos mundiales que esté gestando esa transición. Lo cierto por el momento es que nos adelantó un futuro que imaginábamos más lejano.
 
(*) Presidente de la Fundación Azara y vicepresidente de la Universidad Maimónides




Fuente: (Adrián Giacchino- Universidad Maimónides)

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